Bera Romairone, Torschlusspanik o acerca de la Krísi.

Torschlusspanik: expresión alemana para definir el miedo a que el tiempo de acción se agote, en general teniendo en cuenta los objetivos de vida u oportunidades. Miedo a que se cierre la puerta. Krísi (griego): crisis.

“ […] Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba. Sólo cuando un refrán reincidía, alentaba en mí la esperanza de que se estableciera algo parecido a una estación de trenes, quiero decir: un punto de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar. […]”
Alejandra Pizarnik, Fragmento de Piedra Fundamental en El Infierno Musical (1971)

Las ideas que me vienen rondando hace meses por la cabeza tienen que ver con la precariedad y el estado de soledad en el que lidiamos como músicos profesionales (asumiendo que nos hemos identificado con la profesión). Sin dudas, la reflexión sobre esta situación está muy ligada a la búsqueda de sentido, en contraposición a la frustración y apatía que no sólo parecen estar ahí esperando que bajemos la guardia sino que ya nos han mostrado los oscuros placeres de una actitud de rendición relativa, de un esperar desde el cinismo, de cierta paz al no tener que enviar ninguna energía al ambiente musical, profesional y mediático sino la posibilidad de quedarnos con nosotros mismos, asumiendo que nos bajamos del tren rápido en una estación alejada del centro, por decisión propia.

La “historia oficial”, aunque, sinceramente deberíamos llamarla la “sociología de lugares comunes oficial”, nos cuenta siempre, ininterrumpidamente y a través de los dispositivos más inesperados y sutiles, la importancia de vivir en sociedad, aprendiendo, comprendiendo (?) y reproduciendo, luego, una serie de reglas de juego e intercambio con los demás. El punto es que en nuestro arduo camino de [de] formación social aún nos lleva unos años (y ni el más despabilado se salva con su posible precocidad madurativa y de consciencia) detenernos a preguntarnos: ¡ Momento ! ¿ A ésto se referían con perseguir mi pasión, con dedicarme y trabajar para lograr mis objetivos ? En general la pregunta se dispara cuando ya no tenemos gps de contención (me refiero a una institución que nos forma y nos mece), cuando sentimos que somos los únicos incapaces de activar un proyecto artístico personal genuino y valioso (para nosotros mismos), cuando las energías merman y ya no hay preponderancia del “hacer frente al tener” o “la motivación de anteponer el deseo frente al inmovilismo” (Remedios Zafra:2017) [1]. Este momento es delicado, porque si bien generalmente coincide con una etapa de la vida de madurez biológica e intelectual, fueron tantas y tantas las horas invertidas (consciente e inconscientemente) por nuestra psiquis en definir la proyección de lo que deberíamos ser y hacer para lograrlo que aún sintiendo que hemos descubierto la puesta en escena en la que habitamos, nuestros raptos de ilusión aún perduran, como flashes (podríamos pensar en el Mito de la Caverna, en la Oceanía Orwelliana o en la Metrópolis de Fritz Lang, que por cierto fue imaginada para el 2026). Entonces sentimos la ocurrencia de que es mejor hacer ese reemplazo aunque sea gratuito, seguir estudiando para al menos estar conectado, tal vez hacer un doctorado o generar contactos esperanzadores (pero inmediatos) con este compositor, aquel ensamble o tal director. Volvemos a confundir el efímero resultado de “figurar” o “mostrar que estoy activo” con una práctica artística real que implique un genuino desenvolvimiento de nuestro rol asumido; y ésto sólo es posible si tenemos tiempo y concentración. Mauricio Kagel, hablando de la composición como proceso de introvertir y precisar la lentitud y de la ejecución como negación de la misma, plantea:

“ – es cierto que aceptamos la música que amamos como algo apodíctico, como la elección óptima de la expresión y la combinación manifiesta. Pero esto no siempre se corresponde con la realidad. Hasta los más grandes compositores han trabajado bajo la presión de tener que terminar una obra […]. Ningún compositor quiere componer obras destinadas al fracaso. Y así es como se empieza a ver las cosas de manera diferenciada y se nota que a veces algunas de las soluciones por las que optaron los grandes compositores no están a la altura de lo que podrían haber hecho si se hubiesen tomado más tiempo. (…) » [2]
« Siempre hice todo lo posible por no presentar una obra por la que no pudiera responder por completo. No lo digo como reproche a algunos de mis colegas, pero el mundo de la música, con la locura que emana de la presión por estrenar obras, es ciertamente inclemente si uno no entrega la partitura a tiempo. (…) Las primeras veces que fui a los cursos de verano dictados en Darmstadt me sonreí al ver que muchos de los  compositores jóvenes trataban a sus propias composiciones de hacía dos o tres años como si fuesen cuento viejo. Si una obra envejece después de tan poco, la historia de la música estaría mostrando los primeros síntomas de una gerontología crónica y fata. ¡ Qué perspectiva tan aterradora !  » [3]

Zafra hace referencia a la caducidad como rasgo principal de la precariedad como efecto de la instrumentalización del entuasiasmo y la pasión creadora: “ […] La imagen obsesiva de un reloj trucado que, en lugar de contar las horas, cronometra un tiempo que siempre parece volver al punto de partida, entranando a las personas entusiastas en: hacer, aceptar, innovar, compartir, actualizar, (…) empezar, empezar, empezar… […] “ (Zafra:2017)

Sin embargo, cada uno de esos flashes intermitentes va mermando en frecuencia y potencia, y sí que pareciéramos lograr la disociación entre la inercia del vector temporal que el “ambiente” impone y el tiempo real de práctica y trabajo que la creación artística y creativa necesita. Cuando ese momento llega, y en nuestro proceso de búsqueda no ha ganado la angustia ni la desesperación sino la curiosidad y el afán de rescatar lo poco que pudiera tener sentido, asistimos a un páramo. Esto es, hay más distancia y aire para ver y analizar. Aunque el tiempo, precioso elemento que necesitamos vender, nunca sobre, nuestra actitud es menos ansiosa, menos dramática y discierne con más facilidad entre las prácticas artísticas libres y aquellas que sólo aportarán “experiencia” (¿más?), o lo que se identifica como puro trabajo (en el mejor de los casos en directa y pura relación con nuestra especialidad) en pos de lograr la tranquilidad para la concreción de proyectos menos redituables.

Es interesante contraponer la sensación certera de que muchos de mis colegas y amigos han pasado, pasan o pasarán por esta situación y la posibilidad contraria de que ésto no esté siquiera en el aire, pero que sea una problemática sobre la cual reflexionar dentro de un tiempo, cuando el sistema productivo en el mundo artístico y la administración cultural muestre sus vacíos en una-otra-nueva crisis (dependerá de los países y probablemente empezará por la periferia) y ya no exista el contacto visible en una página web para pedir tal o cual subención, para solicitar una sala de concierto o simplemente disponer de una plataforma válida donde compartir nuestras actividades entusiastas.

Aún comprendiendo el esfuerzo y tiempo que implica saber, ser consciente del mundo y sus procesos, buscar las distintas miradas sobre los hechos y ejercitarnos en el “zoom out” para visualizarnos en (ínfimo) tamaño real en el contexto de los procesos humanos, creo de manera absoluta que es la forma para mantener cierta frescura y generosidad, para oxigenar y enriquecer nuestras prácticas artísticas y sobre todo liberarnos del peso de la competencia y comparación negativa con respecto a quienes transitan este concurrido sendero, de quienes necesitamos y nos necesitan. En este sentido, me parece importante no sólo mantener una constante actitud de seriedad y respeto hacia lo que hacemos en un plano individual y específico, sino situarnos en contexto, para lograr esa conexión e intensidad en la vivencia musical-artística con los otros, que a veces se pierde. Aunque se desprenda de lo dicho anteriormente, confío en que el encuentro generoso, el aprendizaje con los demás y el compartir sincero de actividades y experiencias es la manera de afrontar la precarización, soledad y superficialidad que cotidianamente vivenciamos. Crear asumiendo la complejidad de la práctica artística, sus posibles implicancias, nuestro propio caudal de historias y el intrincado y rico mundo de la identidad.

Feliz de poder dirigirme a uds, deseo que el Colegio, como representación del intercambio y trabajo colectivo, nos alimente y fortalezca un entusiasmo consciente y sincero.

 

  1. Remedios Zafra, refiriéndose a la frase de Pessoa en Erostratus: “hay sólo dos tipos de estado de ánimo constante en los cuales la vida vale ser vivida: el noble goce de una religión o el noble desamparo de haber perdido una” plantea: “Puede que solo dos estados de ánimo constante hagan que la vida valga la pena ser vivida. Yo diría el noble goce de una pasión creadora o el desamparo de perderla. Me refiero a esa pasión que punza y arrastra y que nos motiva a anteponer el deseo frente al inmovilismo, el hacer frente al tener, una práctica creativa frente a, por ejemplo, un trabajo alienante, esa sensación que perturba “profundamente” frente a la que resigna o reconforta.” Remedios Zafra, El Entusiasmo, Anagrama, Barcelona 2017, Capítulo I: Los pobres crean, pág. 13)
  2. ¿Quién de Nosotros Vivirá para Contarlo”, Diálogo con Dieter Rexroth en Palimpsestos, Caja Negra, Buenos Aires, 2011, pág 218-219
  3. El sonido y sus consecuencias, ibid, pág. 224